Gagarin y el capitán del portaviones “Theodore Roosevelt”

He leído historias de predicciones sobre extinción de la especie humana. Los relatos más delirantes se mezclan con las felicitaciones de Pascua de personas, me barrunto, que nunca felicitaron las pascuas. Igual que las proclamas de aleluyas en honor al Cristo resucitado en personas que se me antoja –se me antojaba hace meses– nunca creyeron en la Resurrección de Cristo.

Un investigador ilustre escribía algo así en un prestigioso rotativo: “Somos capaces de destruir un meteorito con un misil nuclear y no podemos hacer nada contra un virus”. Y el capitán de una de las armas más poderosas del planeta –el portaviones Theodore Roosevelt– ha sentido la letal picadura del covid-19 en el puente de mando del buque, cuando oteaba el horizonte con sus prismáticos.

El capitán Crozier sintió un golpe de calor en la frente y un ligero mareo. Enseguida supo quién le había disparado por la espalda. Le sobrevino la ráfaga de ordenar a sus noventa cazas despegar en busca del enemigo para comprobar la eficacia de sus proyectiles balísticos, pero nada pudieron hacer. Nada más aterrizar en cubierta, uno de los aviadores se cuadró ante Brett Crozier y le dijo: “No lo hemos visto, señor”. Igual que Gagarin cuando ascendió a los cielos y quiso hacer gala ante el Politburó, que aguardaba, expectante, sus palabras, de su inquebrantable fe en el marxismo-leninismo: “No he visto a Dios”.

Quizá si Gagarin hubiera visto desde la cabina de la nave Vostok el ejército tumbado de los ataúdes en el Palacio de Hielo de Madrid no habría expresado con tanta clarividencia sus dudas sobre la existencia de Dios. Aquellos eran otros tiempos, ¿verdad, Yuri? Las cosas, ahora, son distintas. Quien no ve a Dios, se lo imagina. Quien no cree en Dios, se lo inventa. Hasta cierto punto tiene razón el investigador que escribía sobre el riesgo de extinción de la especie humana. Es curioso: hace unos meses, todo el mundo se tomaba a broma los presagios apocalípticos.    

Ahora resulta que todo el mundo quiere ver a Dios. O dice haberlo visto. O asegura que siempre tuvo fe en la Divina Providencia. Al menos, le rezan. Yo confieso que, todas las mañanas, antes de salir de mi confinamiento en el dormitorio, miro por la ventana y creo ver en una palmera que se alza en el horizonte de la huerta la mano tendida de Dios. Entonces, conecto el móvil y escucho una versión en arameo del Ave María de Schubert, y rezo. Al principio, hace días, movía imperceptiblemente los labios. Ahora rezo en voz alta. Me escucho a mí mismo. Me jaleo. Hablo con Dios. Y hasta creo que me escucha la icónica palmera que parece conmoverse ante el ruego de un hombre que tiene miedo. ¿Miedo? Miedo a no poder abrazar a mis hijos. ¿Existe un miedo más atroz?

Vivimos tiempos de miedo. Y no precisamente a la guerra. Miedo a nosotros mismos. Miedo a no ser capaces de tener compasión de lo que hemos hecho para merecer esto.


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